–¿Cómo va a ser tu vida a partir de ahora?

–Muy diferente. Voy a tener más responsabilidades.

Florencia, de once años, contesta a la pregunta del periodista con seguridad. Ahora es bailarina del Teatro Colón. La niña dice que la enseñanza del ballet es muy severa, que tendrá clases de danza por la mañana, que luego irá al colegio “como una chica normal” y a la salida de la escuela seguirá bailando en un instituto privado. Estará, en definitiva, todo el día ocupada como una adulta. Pero parece que eso no importa mucho, porque aunque desde Buenos Aires vaya a extrañar a su familia y a sus amigos que se quedaron en la Patagonia, Florencia hace todo por amor a la danza.

Las bailarinas no hablan es la segunda novela de Florencia Werchowsky. Pero más allá del carácter ficcional del texto, cuesta separar a la exbailarina real de la mujer que narra la historia. Una historia que muestra al ballet “como una máquina de prohibir: el desarrollo del cuerpo, el deseo, los sentimientos, cualquier sensación ajena a la perfección”, según la sinopsis del libro. “Lo real –cuenta Florencia a Tiempo– es el marco en el que transcurre la historia. Los elementos biográficos que la conforman: la bailarina, el Colón, su origen, el pueblo, cierta estructura familiar”. 

Extrañar no es, en todo caso, el único problema que padece una niña que decide estudiar ballet en una academia de excelencia como el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. “Es muy frecuente que las chicas o los chicos que bailan se diriman entre terminar o no el colegio para dedicarse a la danza, porque en general son dos actividades incompatibles, sobre todo cuando la carrera perfila para ser profesional. No hay tiempo para las dos cosas”, explica Florencia, que terminó el colegio de grande, cuando dejó el ballet. “Empecé a bailar profesionalmente entre los 14 y los 15. Había hecho un año de colegio y lo dejé porque se superponía con los ensayos. Trabajaba como refuerzo de la compañía del cuerpo de baile del Colón, formé parte de la primera compañía que formó Maximiliano Guerra… Estaba todo el día bailando. Ya era mi carrera”. Y pese a que “era muy excitante tener 15 años y cobrar un sueldo después de una función” y llevar una vida de adulta precoz, “al mismo tiempo vivía con la sensación de que a mi vida le faltaba un aspecto”, confiesa Florencia.

Es que las bailarinas (y los bailarines) dejan todo de lado desde muy pequeñas en busca de la perfección. Sacrificio y esfuerzo son palabras que se pronuncian una y otra vez. Pura entrega. Y también dolor. Florencia lo explica de manera contundente: “Es un poquito infernal lo que ocurre. Esa dinámica de exigencia, de intolerancia, del cuerpo cercenado… hay un castigo en el ejercicio del ballet. Que el entrenamiento y que la rutina impliquen esas mutilaciones de los deseos, del crecimiento, de la educación, pueden ser parte de un castigo para el cuerpo, para la persona. Y encima el error se sufre un montón”. Hoy no vive ese recuerdo con sufrimiento porque, dice, “parte del proceso de maduración es reconciliarse con lo que uno es”, pero, a pesar de que al abandonar la danza retomó sus estudios, confiesa que le hubiese gustado irse de viaje de egresados.

Luciana Barrirero es amiga de Florencia y tiene una historia similar. Nació en Santa Fe, estudia danza desde los nueve años y a los diez llegó a Buenos Aires. Hoy integra el Ballet Estable del Colón. “Me sentí muy interpelada por la novela de Flor porque vivimos la misma época en la escuela del Teatro, la misma rigurosidad. También soy una de esas nenas que vino del interior, con un esfuerzo descomunal de la familia entera y todo porque tenía ‘condiciones’, según decían mis maestros”. Su testimonio confirma los rigores expresados en Las bailarinas no hablan. “Lamentablemente se sufre mucho durante la etapa de formación –agrega Luciana–. No teníamos libertad de ser. Las exigencias sin fundamento hicieron del Teatro un semillero de artistas que se fueron del país a los 15 años, terminaron su formación en el extranjero y ahora son las estrellas que todos admiramos. Pero nadie habla del detrás de escena”.

Silvia Bazilis fue primera bailarina del Colón. Se retiró a los 41, lleva 20 enseñando danza en institutos privados y aporta su visión en relación con las presiones que sufren las jóvenes alumnas. “Uno tiene que hacer un montón de renuncias y de sacrificios. La danza, como cualquier disciplina artística, busca la perfección. Pero a mí jamás me inculcaron que yo lo iba a hacer perfecto. Eso es lo que intento transmitir en mis clases. Uno tiene que tratar de hacerlo lo mejor posible, pero es lógico y humano que la perfección nunca va a llegar, ni en la danza ni en la vida. Lo que sí está claro es que en su búsqueda está el crecimiento del artista”.

Florencia Werchowsky dice en su libro que “la bailarina que no quiere bailar más tiene la obligación de convertirse en otra persona”, y que si bien eso se aprende rápido, “lo hará desde la herida que deja el ballet y que no cicatriza nunca”. Y finaliza: “Dejé de bailar hace 20 años y acá estoy… hablando de bailar”. «

La primera división de la danza y el fetichismo de las madres

–¿Qué te gustaba hacer cuando eras chica, además de bailar?

–Me gustaba mucho leer y fantaseaba con ser escritora en algún momento. Pero no tenía tiempo para leer. Y lo sufría. Siempre estaba agotada, quería descansar la cabeza, mirar la tele, hacer algo que no implicara un esfuerzo. Entonces me daba miedo la posibilidad de fallar en la danza y no tener herramientas para moverme en la vida, no saber hacer cuentas, no saber las capitales del mundo, elementos muy obvios de la educación, pero que yo no tenía. Y eso me daba un vértigo increíble. Cuando decidí dejar de bailar, me dio mucho miedo empezar a estudiar de vuelta. Creí que no iba a poder.

–En cuanto a las exigencias, ¿es más hostil el ballet que otras disciplinas?

–No lo sé. Lo que sí sé es que el entrenamiento es terrible. Pero los futbolistas también entrenan una locura. Probablemente el ballet sea más hostil porque ocurre en menos lugares. La primera división del ballet es el Colón. No hay otros clubes. No hay otros teatros en esa primera división. Entonces, sí o sí, los que quieren ser bailarines del Colón tienen que vivir en Buenos Aires e ir todos los días al Colón. Como yo, estaba lleno de chicos del interior alejados de sus familias para estar ahí.

–¿Cómo analizás el rol de las madres de las bailarinas?

–Algunas están un poquito obsesionadas. Otras lo toman más ligeramente y llevan con sus hijas una relación más saludable. Creo que todas tienen en común una especie de adoración. Hay un tipo de fetichismo por la nena o el nene que baila.

–¿Duele equivocarse?

–Se sufre un montón el error. Yo tenía muchas condiciones físicas, me iba bien. Pero… (piensa un segundo) ni mi cabeza ni mi corazón estaban ahí. Entonces, estaba siempre como incómoda. Era como una religión que no me convencía del todo.

“Es una carrera muy difícil”, afirma Paloma Herrera

“La carrera de ballet es muy dura, muy difícil. Pero aun teniendo en cuenta esto, y pensando en los sacrificios que tuve que hacer, debo decir que me fue fácil. Digo esto porque hay gente de talento que a pesar de aceptar todos los retos que involucra la danza y de seguir estrictamente todo lo que es necesario seguir, no tiene éxito”. Así, describía su exitosa carrera la flamante directora de ballet del Colón, Paloma Herrera. Surgida de su Instituto, ingresó al American Ballet Theatre de Nueva York con 15 años y fue la más joven primera bailarina de esa compañía, a los 19. “Fue el resultado de años de estudio, de ir a la escuela primaria, de tomar clases con Olga Ferri y completar toda la carrera de Danza en el Instituto, todo al mismo tiempo, desde los ocho años. Lo rememoro ahora y hasta me cuesta creerlo. Es durísimo, pero no me daba cuenta”.

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