Las bailarinas no hablan, de Florencia Werchowsky. Buenos Aires, Reservoir Books, 2017, 256 págs.

Por Felipe Banegas Lynch

Me dispongo a reseñar Las bailarinas no hablan, pero voy a comenzar hablando de Runa, de Fogwill. Si bien el texto de Fogwill es una reedición póstuma del 2011 a cargo de Interzona y el de Werchowsky es un estreno de 2017 de Reservoir Books, ambos libros llegaron a mis manos al mismo tiempo y su lectura fue simultánea. No fue casualidad, pues se iluminaron mutuamente y ese ida y vuelta marcó mi línea de lectura entre el hipercodificado mundo del ballet y la críptica runa de Fogwill.

Con este párrafo culmina la introducción de dos carillas de Runa: “Somos otros, somos los hombres hechos, los hombres escritos que se aprontan a terminar de escribir sobre el mundo los trazos caprichosos de su civilización. Casi no queda en el planeta un espacio en blanco que no hayamos estropeado con nuestras pretensiones y nuestra desmedida significación. Si lo hubiera, ya nadie sabe dónde está, de modo que no hay mejor alternativa que inventarlo” (12).

“Nuestra desmedida significación”, escribe Fogwill, y luego le da voz a una especie de informante de un pueblo prehistórico que expone con lucidez las limitaciones de la palabra y del hombre en una larga sucesión de fragmentos que alternan con ilustraciones dignas de las pinturas rupestres. Esa voz le habla a alguien que, como nosotros, no es de allí: “Cuando llegó, muchos habrán pensado que era alguien de aquí que se fue antes y que podía contar, por eso le hablaban y se le acercaban. Pero ustedes no cuentan ni pueden contar. Lo único que pueden decir es por qué suceden las cosas, pero nadie les cree, porque ni los nombres de las cosas bien saben” (118).

Muerto Fogwill queda su texto. Y su nombre, que se constituye para mí, ahora, en una especie de resabio de voluntad y niebla: un empapar las palabras de mundo para que vuelvan a resonar con lo vivo. Tal vez sea por esa estéril desmesura de la significación que él señala que en el libro de Werchowsky las bailarinas no hablan y en la portada hay un par de ojos –con un aire a jeroglíficos– que lloran superpuestos a la imagen de la bailarina con su tutú y sus plumas.

Las bailarinas no hablan narra la historia de una niña del interior ­–que lleva el mismo nombre que Florencia Werchowsky y comparte mucho de su biografía– que viaja a Buenos Aires para hacer carrera como bailarina en el Teatro Colón, con todas las implicancias traumáticas que esa empresa trae a la familia y a la niña de apellido impronunciable. Si lo que atrajo a la niña al mundo del ballet en un principio –en la prehistoria podríamos decir– fue ver que alguien hacía algo:

La vi agarrar un paquete de Criollitas y depositarlo en el fondo del changuito y me pareció que recolectaba el fruto de un arbusto, evoqué algo helénico que habría visto en un libro de mi mamá: en esa cosecha mecánica y delicada se ocultaba todo lo vivido, todo lo padecido, el amor, un drama. (25)

todo lo que aconteció después en su carrera, que en el texto culmina con “el vacío de la sala llena” (253), fue un deseo de silencio: por disciplina inculcada, sí, pero también porque son las palabras –esas palabras separadas del mundo, las desmedidas– las que violentan la naturaleza de la danza, que no necesita de teatros como la literatura no necesita de los libros: “A veces en ellos sucede la literatura, que es algo que también podría manifestarse aunque no existiesen los libros, los autores, los acontecimientos que narran los relatos ni las diversas relaciones entre la gente y las palabras que configuran el campo de la prensa, del saber y la poesía” (Runa, 11-12).

Del mismo modo podría existir la danza sin el Colón. Hay algo “contra los poetas”, a lo Gombrowicz, en las palabras de Fogwill y en las de Werchowsky. No podemos salirnos de “los trazos caprichosos” (Runa, 12) de nuestra civilización, pero tal vez la literatura sirva para mostrar sus grietas y asomarnos, aunque más no sea, a ese afuera prehistórico de las palabras.

En Runa las palabras, la danza y los hechos son indisociables: “Los saltos de la canción de combate, las agachadas de la canción de caza y las tendidas de la canción de fiesta: todas las canciones repiten. Se llama repetir a lo que hace que algo suceda dos veces. Lo que se repite en las canciones es eso: pasos. Los pasos se llaman “paso” en la canción traída, “agachadas” en la de caza, “tendidas” en la de fiesta y “saltos” en la canción de combate que sólo pueden cantar los guerreros que valen” (53). El cuerpo repite, con voces y gestos, lo vivido. Así lo procesa y lo elabora comunitariamente. En el mundo que imagina Fogwill el hombre es un detalle menor en el curso de lo vivo. Prevalecen los animales y el entorno natural.

El mundo del Teatro Colón es todo lo contrario: allí los pasos son dictaminados por el capricho y la soberbia antinatural. Tal vez por eso hay “una voz oscura de animal” (148) que le grita a la joven bailarina que se vaya antes del estreno. Por eso se recorre penosamente el escalafón de ascenso en esa estructura disparatada que hace que alguien pueda decir: “A ese infierno no vuelvo nunca más” (29).

El cine ha recorrido ese mundo infernal con ejemplos notables. Pienso en La compañía (2003), de Robert Altman, o en El cisne negro (2010), de Darren Aronofsky. Las bailarinas no hablan también dialoga con esos antecedentes.

Werchowsky habla para que la bailarina pueda reapropiarse de su cuerpo y de su voz, para recolectar algo vivo y no aplausos de una sala llena pero vacía. Como un animal oscuro ella exhibe su territorio marcado a las jóvenes bailarinas que se están introduciendo al mundo del ballet:

Sin ropa, sin bombacha, me inclino hacia el suelo con las rodillas estiradas para escarbar en mi bolso buscando no sé qué cosa y dilato el momento para ofrecerles la vista de mi territorio anal completo, las obligo a mirarme porque no hay nada más atractivo e inquietante que un culo al viento, ni nada que reemplace de una forma más contundente las palabras que no debo decirles, que no puedo pronunciar. (240)

Las palabras entorpecen el decoro de la danza. Hablar para la bailarina es cumplir con un ritual de banalidades y vanidades. Por eso calla. Si pudiera hacer de sus movimientos algo más cercano al pulso de la acción vital: dejar que el cuerpo se mueva en torno a los enigmas que nos rodean y que se sacuda las explicaciones de una cultura que ya no ve más allá de su propia escritura, entonces decir algo sería posible.

Werchowsky, como el informante de Runa, toma la palabra para revelar las aporías del lenguaje culto y lo abre a una intemperie donde el silencio es una realidad de otro orden. En ese umbral ocurre la literatura.

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