La niña del Cu-Cú de Allen vuelve a hechizar con otra autobiografía ficcionada: “Las bailarinas no hablan”

Por José Luis Denino

Florencia Werchowsky vivió su infancia en la región en tiempos del menemismo y bajo una historia singular. Es la hija del ex dueño del “telo” Cu-Cú de Allen. Allí vivió, fue a la escuela y practicó danzas. Hasta que a los 11 años, con su madre, se fueron a vivir a Capital Federal para probar suerte en el Colón. Quedó seleccionada y se convirtió en bailarina clásica.

Más tarde trabajó como periodista, en publicidad y debutó como escritora en 2013, con “El telo de papá” (Reservoir Books): la vida del hotel alojamiento de Allen y sus personajes, bajo la mirada de una niña. Este año lanzó “Las bailarinas no hablan”, que describe con ternura y humor incisivo las vivencias de una chica de provincia en el templo de la danza clásica.

¿Cómo fue la experiencia de vivir y luego escribir sobre estos escenarios tan disímiles? De ello habla a continuación Florencia con “Río Negro”:

P- Dos puntos que se ven como extremos parecen definirte: de haberte criado en un “telo” perdido entre las chacras de la Patagonia, pasaste a ser “bailarina” del Teatro Colón. De hija de un dirigente peronista de pueblo, a símbolo de la cultura de elite.

R- No es gratis. No es gratis al punto de escribirlo y volverlo ficción. Tampoco son marcas, al menos no en su sentido negativo (marcas como estigmas, estigmas como llagas). Para mí son más bien hitos, mojones que delimitan unos territorios biográficos, instancias del juego: ahora soy esto, ahora soy esto otro, mañana seré así o asá. No hay contradicción entre nena del telo y bailarina del Colón, no se oponen; de hecho, se superponen y conviven armoniosamente en un pasado fantástico que fue la carne de los dos libros.

P- ¿Cómo es ir por la vida con esas marcas que llaman la atención? ¿Y qué significan cada uno para vos?

P- El telo y el Colón me parecieron dos establecimientos buenísimos para narrar la vida turbulenta de los años 90: uno como reflejo del deterioro hacia adentro (del pueblo, del negocio familiar) y otro como escenario de la crisis cultural, de lo que muestra una sociedad de sí misma. Las dos instituciones tienen una fuerza simbólica enorme. Haberlos conocido desde adentro, vivirlos como propios habitándolos, me permitió utilizarlos para mis planes literarios, sin sentir que debía someterme a la manera tradicional de narrar esos espacios: con picaresca uno, con solemnidad el otro.

P- Si “El Telo de Papá” sirvió para instalarte como escritora, a partir de la originalidad de tu historia y el lenguaje fresco y humorístico con que narrás ,¿qué buscas expresar ahora con “Las bailarinas no hablan”?

R- No tengo un plan de obra, aunque tal vez sí lo tenga algún día. En ese caso sería una escritora seria. Pero por ahora voy a los tumbos probando ideas, voces, explorando territorios narrativos que me llevan a lugares diferentes. Intuitivamente voy encontrando historias y contándolas, algunas funcionan y se convierten en libros.

P- ¿Cuándo sentiste que tu lado expresivo, que parecía condicionado por la disciplina de la danza clásica, tenía que salir: vía periodismo primero, y hoy como escritora?

R- Nunca, no tuve una revelación. Vengo escribiendo historias (reales o no) desde que era una nena. Lo que cambió fue la seriedad de los proyectos, las horas que les dediqué y los nuevos envases que encontraron esas historias para ser consumidas.

P-Los periodistas quedan siempre mal parados cuando aparecen en tus libros…

R-En realidad, en las novelas hay más artículos periodísticos que personajes periodistas, que apenas aparecen. No creo que sean los sujetos quienes que quedan mal parados sino más bien sus trabajos. Tener la posibilidad, en estas ficciones, de contrastar el hecho con su cobertura mediática hace que queden expuestos los mecanismos de un periodismo atontado, exitista, parcial. Nada nuevo. La profesión está en crisis.

P- Describí tu vida en el Alto Valle. ¿Qué te dejó vivir acá?

R- Nací en Neuquén, voy seguido a visitar a mi familia. Llevo vividos más años en Buenos Aires que en el sur, pero la frecuencia de las visitas, la vida digital, me permite tener una relación de mucha presencia. Entre todos logramos una dinámica familiar fresca, que desplazó la nostalgia. Incluso nos permitió evolucionar hacia formas más finas de comunicación.

P- En “Las bailarinas…” presentás las dificultades de quienes llegan del interior a la “gran ciudad” en busca de un sueño. ¿De qué crees que depende el hecho para ganarse un lugar?

R- En el caso de la novela, el lugar que logra ocupar la narradora depende un poco de su voluntad y otro poco, o bastante más, de la institución en la que desarrolla su carrera. Supongo que esta fórmula puede hacerse extensiva a otras historias, a otras vidas.

P- En los dos libros son repetidas las descripciones de viajes, largas distancias, terminales… ¿Te inspiran para escribir?

R- Las terminales y los aeropuertos me parecen lugares tristísimos. Suelen tener una iluminación mortecina, policía y lo único que se puede hacer, además de esperar, es comprar. Así que, en general, cuando estoy ahí me encierro en la lectura para olvidarme de todo. Si hay una fibra de inspiración posible a partir de lo depre, entonces sí.

P- A partir del “realismo” de tus novelas, y del hecho de que el límite entre vos y la narradora sea tan sutil… ¿No te pasa que vas por la vida aclarándole muchas cosas a tus lectores y amigos?

R- Exactamente eso, sí. Todo el mundo me pregunta qué es real y qué no. ¿Cómo explicar la ficción? Me agarro del género, les digo que es una novela, pero eso no los satisface y siguen preguntándome. Es mi culpa, yo me metí sola ahí. Mi próxima narradora va a ser un monaguillo portugués o un mecánico sueco y chau.

Un viaje en
puntas de pie
“Las bailarinas no hablan” es un viaje ficcionado. Allí la narradora describe la rigurosidad del método del Colón en los 90, su solemnidad casi decadente y una exquisita gama de personajes que van desde lo grotesco a lo tierno.

 

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