Por Maru Labat

Cuando soñaba ser una bailarina no tenía idea de lo que eso suponía. En mis clases de ballet disfrutaba de llevar el uniforme de una profesional en proporciones adecuadas para una niña de 4, y contaba con todo el apoyo e incentivo de mi familia. Me gustaba escucharlxs cuando decían que yo tenía gracia, que la música me encendía y que se me veían venir las piernas largas. Desistí ese sueño cuando entendí que mi fantasía de ser aplaudida por una audiencia masiva no era tan fuerte como mi terror a la competencia o mi poca tolerancia al sacrificio.

Florencia Werchowsky y su literatura funcionan para mí como el relato del cisne crítico que debí haber leído en aquel momento. Las bailarinas no hablan me recuerda que la meritocracia no es garantía de éxito y que el virtuosismo no es sinónimo de libertad, aún estando en la cúspide. Ella nos describe las peripecias que vivió antes de personificar el sueño de la bailarina, y de confiar en todas las posibilidades que eso implicaría.

Comienza con una chica de 11 años que se muda de la provincia de Neuquén a la Capital Federal y abandona su casa familiar para vivir con su mamá en un dos ambientes del centro. En medio de la presión por ser seleccionada como cuerpo prodigio -en el ejercicio de una danza importada cuya escuela más prestigiosa era el teatro más importante del país- Florencia tuvo que, además, adaptarse a un nuevo medio: la gran ciudad. Una forma de hablar diferente, un ritmo acelerado y la tarea de enfrentar, por primera vez, el anonimato. Pero con la posibilidad de vencerlo y convertirlo, a través del reconocimiento profesional en la danza, en una suerte de fama.

En su autoficción novelada, la idea del éxito se conjuga con la apatía del ambiente, con la dificultad que tenía a la hora de ir a una escuela tradicional y con la frialdad con la que aprendió a tratar su cuerpo. Su anatomía se transformó en un canal de expresión de ángulos y líneas rectas: fallar era mucho más peligroso y trascendental que lesionarse.

Florencia exhibe la intimidad de sus vivencias como “la elegida” con un tono pícaro y crítico del hábitat de la danza, en el que se ubica a sí misma promedio dentro de las prodigiosas -o de las bien acomodadas- y arma un universo alrededor de sus compañerxs y docentes. En su relato desliza con humor la cultura tradicionalista que la cultivó, con detalles y situaciones puntuales. Utiliza “la escandalosa suma de consonantes” de su apellido semita para señalar la imposibilidad del personal del Colón para pronunciarlo, y para exponer los clásicos errores de tipeo del periodismo cultural.

El cuerpo de mujer cisne con cuello estilizado, columna derecha y brazos danzarines al andar, tiene un precio y ella lo desarrolla muy bien. No se trata únicamente de contar las calorías, implica también un rechazo (y miedo) a la naturaleza femenina. Tres capítulos dedicados al terror a la menstruación bastan con entender que la biología en sí misma peligraba su desempeño como bailarina. La amenaza del cambio del cuerpo luego de la pubertad era un faro de miedo para ella y para sus compañeras de clase. Crecer y redondearse, en el ballet, era una desventaja.

Ese tutú que yo soñaba, para ella era su rutina. Un proceso mecanizado que anticipaba el inicio de una clase, con una maestra argentina que le hablaba en un francés malhumorado y que llevaba un nombre falso para legitimar su cargo. Las medias cancán y la malla de baile conformaban una especie de capa de Superman en un mundo en el que Clark Kent habría nacido en este planeta, con sus anteojos para ver y lleno torpezas. Un Clark Kent terrestre que, como Florencia, tenía el destino y la responsabilidad impuesta de ser y actuar como un superhéroe.

En su relato, el Colón no es sólamente la institución primera para crecer en la danza, ni un edificio histórico, ni un sello de nuestra cultura de elite. Florencia construye al Colón como un personaje más dentro de la historia. Ese edificio enorme que recorrí con mi abuela -cuando mi futuro como bailarina se había limitado a fantasías secretas de ser Maya Plisetskaya- tiene su propia historia en la novela. Un entramado político, una estructura deteriorada, un personal artístico organizado en la lucha por sus derechos como trabajadores. Es así como el Colón crece y se deforma a la par de la protagonista, y ambos se desarrollan sujetos a cambios de gestión y políticas que ponen en jaque el sentido de su existencia.

Mi primer sueño frustrado resurgió en lo que duró la lectura del libro, y se fusionó con el relato de Florencia como si en un mundo paralelo su historia y la mía fuesen la misma. Ella no era la destacada ni la primera bailarina del ballet estable del Teatro Colón. Su rendimiento era aceptable dentro de las exigencias que la rodeaban y frente a la soberbia habilidad de sus compañerxs, pero estaba dotada de una virtud inmensa e invisible; la gracia del ojo analítico que todo lo observa, registra y procesa: la bailarina que narra.

Nota online acá.

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