Esta semana nos adentramos en el exigente mundo de las bailarinas con el segundo libro de Florencia Werchowsky

Por Julieta Briola

Luego de hacer una entrada triunfal al mundo de la ficción con El telo de papá (Reservoir books, 2013), la escritora neuquina Florencia Werchowsky nos ofrece una nueva historia, también con tintes autobiográficos, inspirada en su paso por el Teatro Colón. En Las bailarinas no hablan (Reservoir books, 2017) la autora profundiza en el desarraigo, una particular dinámica familiar, la competencia feroz, la militancia dentro de un ámbito artístico y la mirada de una joven que tuvo que crecer de golpe.

Florencia, la protagonista, es una joven de Ingeniero Wood que decide dar el gran paso de irse a Buenos Aires para estudiar danza. Con su decisión, vendrán otras grandes modificaciones a nivel familiar: la separación física de sus padres, una madre abocada exclusivamente a la carrera de su hija y cambiar la vida barrial donde todos se conocen con todos por un departamente en el microcentro.

La autora no pasa por alto las exigencias del mundo de la danza, algo que puede esperarse de cualquier relato sobre el tema, pero la riqueza de la historia radica en ese proceso aún más complejo de una mujer: la adolescencia. Ni las demandas de cuerpos aniñados, ni el miedo a la menstruación, ni los horarios rigurosos pueden evitar ni detener la adolescencia. Florencia sufre, siente el éxtasis del primer amor, tiene sentimientos encontrados con sus compañeras, por quienes muchas veces se siente acomplejada, y encuentra en la danza ese espacio de pertenencia que muchas personas se pasan toda su vida buscando: “Finalmente de eso se trata el ballet: de una persona doblegando los pensamientos ordinarios de otra a fuerza de misterio, con una herramienta rara y específica que se forma a medida que se aprende a usar y se blande de manera personal, el arte les es propio a cada artesano y se manifiesta en una lengua común que cada uno pronuncia como le sale o como quiere”.

La sensibilidad de Werchowsky se encuentra en los detalles: descripciones atentas de gestos (como aquellos que la protagonista nota en su profesora y la inspiran a querer bailar), el apoderamiento del lenguaje de la adolescencia y referencias reconocibles de la época que relata, y la empatía hacia esas sensaciones de dramatismo que invaden a cualquier joven en pleno crecimiento ante cualquier alteración.

Si bien el título indicaría que las bailarinas no pueden inmutarse ante las exigencias impuestas por un sistema al que ingresan antes de dar su primer beso, al pasar cada página se hace evidente que al no poder hablar, el ser humano inventa nuevas formas de salirse de los márgenes impuestos.

Link a la nota en la revista Chocha.

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