Por Juan Manuel Strassburger

Leer a Flor Werchowsky es leer historias en las que las frases fluyen con naturalidad coloquial. Un registro por momentos oral y cercano a la experiencia personal, pero que no se priva de artificios para lograr el mejor relato posible. “Es un proceso de escritura disfrutado y sufrido en partes iguales”, reconoce Flor, que en 2013 fue fenómeno de lectura (y ventas) con El telo de papá, una novela iniciática donde contaba lo que era ser adolescente en los noventa con un padre dueño del hotel alojamiento más popular del pueblo; y ahora busca repetir con Las bailarinas no hablan (Random House), un relato con recursos a lo Manuel Puig en el que ahonda -con conocimiento de causa- en ese infierno/paraíso que fue formarse en la escuela de ballet del Colón. “A la distancia veo al ballet como un sistema violento que rige las vidas de las niñas y los niños, pero que también proporciona un rigor que ayuda”, valora quien antes de convertirse en escritora vivió más de una crisis existencial.

-Visto de afuera uno podría pensar que a los 17 parecías “tener todo”. Pero igual decidiste cortar con tu vida de bailarina.
-Sí. Vivía sola, tenía mi departamento y bailaba en el Colón. Más cool que eso no se podía ser. Y sin embargo quería otra cosa. Tener una vida más corriente: terminar el secundario, formarme, conocer a otra gente, viajar.

-Tuviste que plantarte frente tu familia. ¿Cómo lo vivieron?
-De manera dramática. Siendo de Río Negro, mis padres habían hecho un esfuerzo muy grande para que pudiera instalarme en Buenos Aires. Pensaron que era desagradecida, que no aprovechaba lo que me habían dado. Me pidieron que recapacitara. Y lo hice… 32 segundos (sonríe). Ya tenía la decisión tomada.

-¿Fue duro no responder a las expectativas?
-Es que sabía que iba a cumplirles de otra manera. Entonces por ahí lo dramático no fue tanto eso sino tener 17 años, que es sufrir una asimetría total de fuerzas. Por un lado querés comerte el mundo, por el otro no tenés los recursos ni la capacitación para hacerlo. Y en esa fricción, a veces culpás a los padres. Aunque no fue mi caso.

-¿Ahí te decidiste por escribir?
-No, más tarde. Si bien ya tenía esa idea fuerte, a esa edad me pareció que el periodismo iba a ser el camino más corto para lograrlo. Fantaseaba con la idea del periodista-bonzo que va por el mundo y vive aventuras. Me puse a estudiar y por suerte enseguida entré en una redacción. Ejercí la escritura con la presión del cierre y lo disfruté un montón. Hasta que tuve mi primer burn out (episodio de fuerte stress laboral). Y se terminó.

-¿Cómo fue?
-Ocurrió durante la primera época del periodismo digital. Nos habían empezado a exigir que subiéramos nosotros mismos las noticias a la Web, lo cual era difícil porque los códigos de programación eran difíciles y no habíamos estudiado para eso. Recuerdo estar discutiendo por teléfono con la gente de Sistemas y quedarme dura del cuello apenas corté. Hernia de disco y cuello ortopédico por un mes fue el resultado.

-Se terminó el periodismo…
-Sí. Me cansé de ser pobre (risas). Muchas horas de trabajar y ganar poco. Y sabía que en la publicidad iba a manejar otros presupuestos. Aunque después también me cansé de eso: siempre estaba ocupada, nunca tenía tiempo para los demás. Y en un momento ya no lo pude manejar. Me encerré en mi casa, no salí por un largo tiempo y empecé a pensar qué otras vidas me gustaría llevar. Ahí salió lo de escribir. Que era volver a ser pobre (risas). Pero de otra manera, con lo que quería.

-Internamente, ¿cómo te animaste a dar ese paso? Porque el primer enemigo para animarse suele ser uno mismo…
-Lo que pasa es que ya había dado otros saltos mortales. Y soy de las que creen que si no sale, igual podés hacer otra cosa. Además tengo muy presente que la juventud se termina y que hay una energía para producir que se agota. Esa idea me persigue.

-Con el paso de la publicidad a la literatura cambiaste de vida también.
-Sí. Pasé de trabajar doce horas en una agencia a escribir bajo mis propios tiempos en mi casa.

-¿Qué tácticas implementás para no distraerte?
-Es siempre un desafío. Una lucha día a día. Cuesta sostener la concentración más allá de tres o cuatro horas. Una forma que encontré es “engañarme” y proporcionarme recompensas audiovisuales que tuvieran que ver con lo que estaba escribiendo. Por ejemplo: premiarme con videos de ballet en YouTube, que es algo que me da gran placer, si llegaba a terminar un capítulo de la novela. Y resultó.

-¿Para concentrarte cortás Internet?
-No, para nada. Tengo Wikipedia siempre abierta, también el diccionario de la RAE, una página de sinónimos buenísima. Y Google, porque no puedo avanzar en la escritura sino tengo resueltas ciertas preguntas.

-¿Y las redes sociales las suspendés?
-Sí, pero no sólo cuando escribo sino en general. Las chequeo como mucho dos veces al día. Me agotan mucho. Las uso casi exclusivamente para difundir notas o contar alguna presentación. Yo sé que es descortés en el siglo XXI no saludar por el cumpleaños en Facebook. Pero prefiero no usar las redes para hacer amigos, compartir opiniones políticas o aspectos de mi vida porque me abruman un montón. Me daría vergüenza que me vean como soy. Siento que todos se decepcionarían.

-¿Y cómo evitás esa presión que parece haber en la Web por expresar todo lo que uno es o piensa, al punto de que el que no lo hace queda afuera o incluso es sospechado?
-Lo que pasa es que lo que podría decir ya lo dijeron otros antes y mejor. Entonces, ¿para qué? Por otro lado tengo amigos y amigas de toda clase y origen, y lo que me une a ellos queda muy contaminado cuando leo lo que opinan sobre determinados temas. La red social no tiene filtro. La brutalidad del comentario hiere un abanico de susceptibilidades. Y eso me preocupa porque quiero seguir queriendo a la gente que quiero, que siga sin importarme a quién votaron. Y las redes no te dejan.

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