Por Paula Conde

Cuenta que por un problema de cadera empezó a caminar tarde, como a los dos años, y que todo lo que no caminó en ese tiempo, toda esa energía que no gastó con sus piernitas, se convirtió en la fuerza que la impulsaría a ser bailarina: “Lo bailaba todo”, simplifica así su inclinación hacia la danza. Cuando era chica, Florencia Werchowsky simplemente se trasladaba bailando.

A los 11, se vino de Neuquén a formarse como bailarina en el Instituto del Teatro Colón. A los 14, era parte del Cuerpo de Ballet y compartía escenario con Julio Bocca. A los 17, dijo basta. “Un día fui a la puerta del Colón, llevé toda mi ropa de danza, se la regalé a mis compañeras en un acto de psicomagia y me volví al sur. Me pareció que era el momento”, recuerda Florencia, veinte años después de aquella decisión y agrega que su camada fue “la de las celebrities”, porque se formó junto a Marianela Núñez, Herman Cornejo y Luciana Paris, entre otros. Florencia colgó el tutú porque se dio cuenta de que tenía otras motivaciones, que le gustaba leer y escribir y que no tenía tiempo, que toda su energía estaba en función de las clases y los ensayos y que ella “tenía mucho apetito por la vida”.

De todos los años que bailó y casi no leyó le quedó la energía acumulada para leer y escribir. Estudió periodismo, escribió en diferentes medios hasta que decidió “dejar de ser pobre” y sobrevino una etapa como creativa publicitaria: “Pero en algún momento decidí volver al extremo de la pobreza, no hay más pobre que el escritor”, se ríe de sí misma esta joven de ojos grandes y mirada intensa. Y lo dice porque en 2013 publicó su primera novela, “El telo de papá”, y ahora viene de publicar la segunda, “Las bailarinas no hablan”, que va por su tercera edición. Allí, Florencia indaga con inteligencia y gran sentido del humor en el mundo de las chicas que se forman como bailarinas en el teatro más importante del país, sin dejar de lado los problemas institucionales, al tiempo que lo hace desde una mirada de “niña que viene del Interior” y busca encajar en la gran urbe.

¿Cómo fue recibido tu libro?
Tuve comentarios muy entusiasmados, un poco porque los bailarines deben estar podridos de leer siempre la misma historia del bailarín que tiene un comienzo de extremo sufrimiento y sacrificio y después de sortear esas dificultades se convierte en estrella. Y ninguna historia es tan lineal y tan perfecta. Sobrevuela un aire tragicómico. Es que la vida del bailarín es la vida de un artista, en condiciones extremas, en esa institución que es tan prestigiosa y está tan deteriorada al mismo tiempo, y no hay manera de que una vida que transcurre ahí adentro no tenga partes iguales de comedia y de tragedia, porque es una vida muy colorida y variopinta y sinuosa. Ocurren muchas cosas. Y esos hechos que le dan color a la vida del bailarín son tan puertas adentro que son difíciles de comunicar.

En ese sentido, hablás de una especie de cofradía entre los bailarines y de un relato individual que es parte de una memoria colectiva.
Hay una historia que se cuentan entre todos, que es la construcción de su propia memoria y de sus propios hitos. En esa dinámica tan encerrada, se construye también una propia estructura de valores sobre lo que es “histórico” o “loable” o “vergonzante”. Todo ocurre dentro de esa escala y cuando sale de ahí emerge muchas veces como dato vacuo, cuando en realidad tiene un peso propio dentro de ese mundo.

¿Qué te pasa cuando ves ballet?
Hay algo en la memoria muscular que es indeleble y que hace que en general yo salga de las funciones de ballet muy contracturada, porque las estoy bailando también desde mi butaca. Hay muchas coreografías que yo sé. Es medio inevitable repetir el movimiento, es automático, es muy física la experiencia.

¿Bailás todavía?
¡No! A veces hago algunas payasadas a pedido, pero no podría seguir bailando. Porque para mí está relacionado con el Colón, con una carrera en serio. También me pasa algo en el cuerpo. Cuando dejé de bailar, fue como venir a 200 kilómetros por hora y frenar de golpe. Mi cuerpo lo sufrió un montón. Hay algo del cuerpo sanado que no podría retomar físicamente. Pero bailo mucho en las pistas, cuando salgo a la noche. Nada extraordinario, algo corriente, una bailarina mediocre, pero feliz. Y como tengo facilidad para copiar coreografías a veces puedo hacer algunas de videoclips.

En otra nota dijiste: “Mientras bailaba, vivía algo irreal”, ¿por qué?
¡Digo tantas cosas! Pero el tema es que bailé en el Colón, compartí escenario con Julio Bocca, pero no creo haberlo disfrutado lo suficiente. En cambio, disfrutaba un montón cosas accesorias: los ensayos, la prueba de maquillaje, de vestuario, la previa, el ambiente, los pasillos, los materiales, lo que construía ese mundo. Cuando salía del escenario y miraba la función de atrás, me conmovía, pero no disfrutaba estar yo en el escenario. No sé si eso evoluciona hacia una sensación más placentera a medida que uno crece profesionalmente o la experiencia es esa y es mejor retirarse a tiempo. Yo opté por retirarme a tiempo. En general los bailarines siempre dicen que es todo muy exigente, pero que cuando están en el escenario sienten libertad. Eso nunca me pasó.

 

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